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Alejandro Cifuentes: “Soy asesor del hogar”

hace 9 mese(s)

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Nunca he sentido vergüenza de contar lo que hago: soy asesor del hogar y he cuidado niños, especialmente a tres. Ellos me dicen “Canito”, de cariño, y así me han conocido todos. A los “los niños”, como les digo yo, aunque ya estén grandes, los vi nacer, crecer y los cuidé.

Mi infancia la pasé en Cunco, Novena Región, junto a mis padres en un fundo que se llamaba San Juan, donde había iglesias y tenían hasta pulperías. Era una hacienda enorme y éramos felices, aunque eso duró poco. Yo era muy pequeño y mi mamá quedó embarazada y el parto se complicó y murió en la ambulancia, pero alcanzaron a salvar a mi hermana. Poco tiempo después mi padre se enfermó de un cáncer al estómago y tuvimos que irnos a vivir a Temuco para que él pudiera mejorarse. En vez de eso, se metió en el alcohol. Cada vez que le dolía la guata tomaba porque se le pasaba el dolor. Así fue como en vez de durar los cuatro años que le dieron los médicos, murió a los dos.

Éramos siete hermanos. Las mayores se fueron de la casa de la tía que quedó a cargo de nosotros, pero en realidad quedamos solos. A mis ocho años, empecé a trabajar el campo porque se notaba que nos habíamos convertido en un cacho. Mis padrinos me llevaron con ellos y yo cuidaba las ovejas y a los diez años quedé a cargo de esa parcela. Hice muchas otras cosas. Hasta empecé a manejar tractores, motosierras e incluso trabajé en una lechería. En ese peregrinaje conocí a una mujer que era nana en una casa donde necesitaban a alguien que cortara el pasto. Yo acepté.

Cuando llegué, la señora me recibió muy bien y me presentó a Jeannette y Patricia, la hija mayor y la más pequeña, que tenía la misma edad que mi hermana menor. Al poco tiempo empecé a jugar con ella, a ir más seguido para hacer mandados y a sembrar, me fui haciendo cada vez más útil en la casa. Un día, cuando iba a cumplir 14, la mamá de las niñas me dijo que me fuera con ellas. Lo pensé poco y dije que sí. Partí estando para los mandados; iba a comprar a la feria y de ahí empecé a ayudar a limpiar el piso, a pasar el chancho y la virutilla. Patricia, como era la menor, andaba conmigo pa’arriba y pa’abajo, y nos hicimos partners.

Jeanette, en cambio, era mayor y yo la veía como una hermana grande. Cuando se fue del hogar, me llevó con ella a trabajar a su casa y tuvo a Fernandito, que hoy es conocido popularmente como Fernando “Milagros”. Es impresionante haberlo visto crecer. Que hoy sea conocido por su talento me da felicidad y orgullo.

Cuando lo tuve en mis brazos por primera vez, yo tenía 19 años y parecía un integrante más de la familia. Con ellos me fui moviendo por distintos lugares de Chile. Mientras Jeanette trabajaba yo me quedaba con Fernandito y aprendí a cuidarlo. Se me hizo algo natural. Al poco tiempo, empecé a hacer todas las cosas de la casa. Hasta a hacer comida rica aprendí.

Se fue estableciendo que yo era el hombre que hacía las tareas de la casa y que manejaba todo, como un nano. Luego nacieron las hermanas de Fernandito: Javiera y Leyla. La familia se trasladó a San Felipe y me fui con ellos porque desde siempre he estado puertas adentro y cuidé a las niñas tal como lo había cuidado a él.



En San Felipe hice vida aparte de la casa y tuve una polola. Era hija del dueño de un fundo. Me pude haber quedado trabajando ahí perfectamente pero eso implicaba cambiar de rumbo. Y no pude. Pensé en el apego que ya tenía con los niños y decidí quedarme con ellos. Además, tenía una rutina con las más chicas: las llevaba al jardín, les hacía la comida, les hacía la mamadera, las duchaba, les ponía el pijama, les daba su comida, les lavaba los dientes y las hacía dormir. Y me gustaba esa vida.

Cuando llegamos a vivir a Santiago, fue a un barrio de milicos. Jeannette era la jefa del jardín al que iban las niñas y eso generaba confianza de los padres y nanas de las casas. Al poco tiempo me empezaron a dejar a sus hijos. Jeannette me decía: “A las amigas de las niñas trátalas como a mis hijas”. Eso hice.

Hoy sigo trabajando con la misma familia. Vivo en la casa de Jeannette y me reparto con otros trabajos que hago en un fundo.

No conozco a más hombres que hagan el mismo trabajo que yo. No lo he visto. Debe ser porque este tipo de trabajos están muy relegados para las mujeres, pero también con que un hombre no puede decir que cuida niños, así no más.

Hay muchos prejuicios y los entiendo. Yo tuve una vida alrededor de esto, pero no por ser hombre voy a desconocer que hay que tener cuidado igual, que hay que conocer bien a las personas. Incluso a las mujeres.

Los “niños” ya están grandes. Fernandito tiene su hijo que es mi regalón. A Javiera le limpio su departamento porque me adora y está acostumbrada a mí. Me gusta que los amigos de los niños que me conocen de chicos, cuando me ven me abrazan con cariño.

Cuando se acercan las fiestas de fin de año y pienso: “Yo no tuve hijos”. Tengo una hermana que vive en Peñalolén y a ella la veo harto. También mantengo el contacto con algunos familiares de mi círculo “original”, pero la Navidad, en realidad, nunca me la he cuestionado: es siempre con los niños y Jeannette en la casa en que vivimos en Ñuñoa. Para mí ellos son mi familia.///


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