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Los dos ejércitos, a 195 años de la independencia de Bolivia

El actual es un Ejército colonial amaestrado para faenas domésticas sangrientas. No se le ocurre por ningún lado desalojar de nuestras tierras a quienes nos aplastan y destruyen nuestras casas, nuestras vidas y nuestro patrimonio.

hace 1 mese(s)

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El país carga en sus espaldas y en su larga historia dos ejércitos distintos que se niegan a sí mismos en el tiempo. Uno de ellos fue heroico, forjado en mil batallas contra un enemigo feroz que durante más de 15 años luchó incansable para parir una Nación.

Nacido de las entrañas de los andes, cultivados en medio de las piedras y bajo el fuego constante de los chapetones se hizo grande, marcial y victorioso. Nunca se escuchó quejido alguno, todo fue sacrificio porque en sus venas corría la sangre de una libertad sin concesiones. No buscaban más gloria que librarse de la opresión infame y de la infame explotación. Fueron los indios el alma de esas glorias sangrientas y jadeantes. Fueron los hijos de Amaru y Katari y la suma de algunos criollos que tomaron el mando, por su cercanía con la palabra y la letra, los que forjaron las armas prerepublicanas. Este fue un ejército de montonera que procuró la independencia por la razón de la justicia y la fuerza de su historia. Fue el ejército de los vencedores, derrotaron un imperio, los expulsaron de nuestras comarcas y paradójicamente solo llegaron a la Casa de la Libertad sus sombras erguidas sobre el aplomo de los doctores virreynales que heredaron el señorío español.

La Casa de la Libertad y el Acta de independencia no los registra porque murieron huérfanos de memoria. Sus huesos se desparramaron en la columna vertebral de la tierra y sus ríos, y sus nietos fueron perseguidos por los hijos de los que firmaron el Acta y los que habitaron la Casa por siempre. Las montoneras fueron las que tallaron Patria poniendo cada muerto, defendiendo cada ayllu de la devastación española, protegiendo cada mujer de la violación o evitando que se mancillaran niños inocentes. Su lucha fue un doloroso tormento, pero también un presagio de epifanía y esperanza.  Hicieron suyo el estandarte de una Patria con la sangre de su linaje y fue la lucha constante que venía desde 1870 lo que terminó por redimir a todos. La Patria fue eso, un parto colectivo y un alma liberada.

Ese fue el ejército de hombres que labraron una Nación para que los hombres y mujeres de hoy gocemos de su constancia y su adusta templanza. El ejército de montoneras era la suma de dignidades que no claudicaron nunca ni se vendieron a pesar del degüello de sus hijos o el fusilamiento de sus padres. Sobre sus espaldas nació la República que les negó todo, incluso su propia vida. A pesar de eso asistieron a otras guerras que no eran las suyas y siguieron muriendo como lo siguen haciendo hoy los tataranietos de esos hombres gigantes aplastados por la pezuña de un nuevo ejército envilecido.

En cambio, el de hoy es un Ejército vencido por sus complejos, el que no ganó más que escaramuzas episódicas, pero nunca una guerra. Ninguna gloria señera, ningún gesto de orgullo marcial, ninguna épica que celebrar con la solemnidad de su historia. Este es un ejército preñado de derrotas, alimentado por el poder fatídico de caudillos de charreteras bordadas en la ignominia del saqueo.  Es una milicia que carga la huella profunda de genocidios indígenas desde hace dos siglos bajo el estandarte de latifundistas obtusos, de mineros codiciosos, empresarios antipatria o banqueros pestilentes. Es un ejército que repite constantemente la doble paradoja cruel: mata a los padres de los soldados que nutren sus filas y mata con esa misma impunidad a los hijos de sus hijos.

El actual es un ejército triste, acomplejado y colonial que celebra glorias ajenas por carecer de las propias. Acostumbrado a aplastar indios rebeldes, campesinos pobres, jóvenes migrantes sin preguntarse el fondo de las cosas, es una suma inconfesable de hombres perezosos sostenidos en un conjunto de prejuicios vacuos. Habituado al deslinde de clases, es un ejército convertido desde afuera y desde arriba en un verdugo implacable y se parece más a los chapetones españoles que a las montoneras populares que entran a la historia a paso de vencedores. Heredaron de los primeros sus mañas y la rapiña y de los segundos solo el languideciente recuerdo que les sirve de coartada, pero no de inspiración.

El actual es un Ejército colonial amaestrado para faenas domésticas sangrientas. No se le ocurre por ningún lado desalojar de nuestras tierras a quienes nos aplastan y destruyen nuestras casas, nuestras vidas y nuestro patrimonio. Todo lo contrario, celebran con fanfarria la incursión del ejército imperial al que le ofrecen sacrificios humanos.



A este ejército no se le antoja tener Patria, ni mucho menos. Sueña con parecerse a sus verdugos del Norte que hacen de la Patria una colonia. Su mayor quimera es vestirse como los norteamericanos, saludar como ellos, hablar como ellos, en suma, imitar sus gestos como un rebaño desordenado. Despojados de un espíritu nacional y vacíos de mística patriótica viven rumiando sus frustraciones y sus fracasos históricos y los cotidianos. Sin capacidad de discernir el tiempo confunden el hueso con la sombra. Están enajenados porque fueron intervenidos mentalmente, doctrinariamente, políticamente desde hace 70 años. Este es un ejército estudiado hasta la médula por sus patrones, pero como súbditos jamás se propusieron estudiar a sus “hermanos mayores”. Creen en la redención de un padre tutelar, el imperio. Sospechan que solo ellos los salvará de todo a precio de bagatela. Es un Ejército que ha hipotecado su alma a los verdugos de sus hermanos y sus hijos.  Sin propósito autónomo y sin ninguna identidad, sin horizonte estratégico o un sueño peregrino de ser Nación y no colonia, se entregan en cuerpo y alma a quienes los desprecian por ignorantes, incultos y torpes que viven en el naufragio trágico de no ser nadie, de no tener lugar en el mundo o de tener un lugar solo para el desprecio.

Este es un ejército que cree en la redención de un padre tutelar, de un padrino extranjero que los bautice y los bendiga, que los reconozca como hijos o como entenados sombríos. No pueden vivir sin estar atados a su cordón umbilical. Sin ellos no son nadie, con ellos, son todo. Si ellos toman distancia los nuestros sienten un vacío a sus pies y los buscan para pedir perdón y expiar sus pecados, aunque no los hayan cometido. El nuestro es un Ejercito enfermo, padece del trauma colonial y del vacío que sublima al soldado: la Patria.

Este, en pleno siglo XXI es un Ejército sin Patria. Desde la república éste se ha convertido en un cuerpo armado parricida pero también filicida. Mata a quien lo crea y con la misma facilidad a quien le da sentido a su vida. Y en ausencia de ambos se reclina en los hombros de quien lo desprecia.

El Ejército actual, es un ejército sin alma nacional.

Alguien escribió que debemos celebrar 210 años de “nuestras gloriosas Fuerzas Armadas” como si las FFAA fueran nacionales, populares o estatales. No cabe duda que inconfundiblemente hay que celebrar al ejército de las montoneras, la matriz de la plurinacionalidad, y NO a las FFAA de hoy, colonizadas, proimperiales y espúreas que sustentan sin vacilación alguna el poder de una casta enferma que desprecia la nación. Celebrar a unas FFAA que apoyan logias separatistas y a un régimen ratero que pontifica una república de desiguales equivale a santificar a quienes matan sin piedad o roban sin descanso. Un ejército que sostiene un régimen ratero que le niega salud y educación a su pueblo o que destruye los pilares de su desarrollo autónomo es un ejército que no merece el respeto de nadie.

Ambos ejércitos, el de la montonera y el republicano colonial, no tienen ningún parecido el uno con el otro. No hay continuidad sino ruptura. Son dos almas armadas nutridas por vertientes éticas y cívicas diametralmente opuestas. El que persigue el poder para aplastar a los otros y el que se mira como los otros para vivir en igualdad y bajo un mismo cielo.

Necesitamos volver urgentemente a nuestro ejército, al ejército liberador, al de la montonera, que es el destino de los pueblos rebeldes que no aceptan ser colonia extranjera.


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