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Gary Rodríguez: “La producción de biocombustibles con biotecnología, dos buenas noticias para Bolivia”

hace 4 mese(s)

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Bolivia ingresó a la Era de los Biocombustibles (2018) y a la Era de la Biotecnología (2019) apuntando a bajar la importación de combustibles fósiles contaminantes -diésel y gasolina- y producir al mismo tiempo más alimentos gracias a las 2 campañas agrícolas que hay en Santa Cruz con soya en verano, y trigo, girasol, maíz, sorgo, chía y otros en invierno. Por tanto, mientras más soya se produzca para biodiesel, más alimentos también.

Pero, como no faltan los discordes, salieron otra vez en contra del glifosato y el agronegocio (como si no comieran de ello). Entonces recurrí a Guillermo Rocco, Ingeniero Agrónomo y exitoso agroproductor que apuesta por la biotecnología y la agricultura de precisión y cuyos resultados hacen palidecer la “soya responsable” que cierto activismo comercial promovió pero que endeudó a muchos por sus malos resultados. Al que quiera comprobarlo, puedo mandarle una filmación del Presidente de la Cámara Agropecuaria de Pequeños Productores, Isidoro Barrientos, reclamando esto.

Rocco explicó que dejar la siembra directa (con glifosato) y volver a la siembra convencional (arando el suelo) sería pasar de un sistema sustentable y renovable a uno insostenible, siendo que científicamente está comprobado que con siembra directa el coeficiente de mineralización del suelo baja del 6% al 3%, mientras que el volver al sistema antiguo implicaría emitir cada año 6.000.000 de toneladas de dióxido de carbono (CO2) a una razón de 5,5 por hectárea.



El rastrojo que dejan en la superficie los cultivos bajo siembra directa (residuos de cosecha) es transformado en materia orgánica por los microorganismos del suelo compensando la mineralización del 3% referida, de ahí la importancia de usar urea en los cultivos de invierno para tener más follaje, cosa que no se puede dar cuando se ara la tierra, por lo que el suelo se degrada más.

Plantear siembra orgánica total no es realista -el propio Presidente Morales lo dijo- además que lo “orgánico” es caro y el oponerse a las semillas genéticamente mejoradas obligaría a ir a un sistema con alto uso de plaguicidas.

De prohibirse el glifosato habría que pasar a la siembra convencional y utilizar un montón de combinaciones de agroquímicos que se dejó de usar gracias al glifosato -herbicida de amplio espectro y etiqueta verde- además. La mayoría de esos agroquímicos están hechos a base de cloro para aumentar su residualidad, por eso no son biodegradables y permanecen en el suelo y en los seres vivos; si esos herbicidas entran a la cadena trófica no son eliminados y ¡eso sí que afecta a la salud humana, animal y al medio ambiente!
 
El glifosato no tiene cloro y se degrada en el suelo, por ejemplo, al mezclarlo con agua que tiene partículas de tierra se degrada, no funciona y pierde su acción; de no ser así el suelo estaría lleno de glifosato, lo que no ocurre pues se degrada. Los herbicidas a base de clorado no se biodegradan y como el plástico tardan en hacerlo, permanecen en el suelo.

Dejar el glifosato implicaría arar y rastrear varias veces para matar las hierbas, y volver a aplicar un cóctel de herbicidas a base de cloro y, además del costo ambiental explicado, duplicaría el uso de maquinaria agrícola para esas tareas. Cultivar la tierra con el sistema convencional haría subir el consumo de diésel en 30 litros por hectárea. Como Santa Cruz siembra 2,3 millones de hectáreas/año la demanda aumentaría 70 millones de litros/año para la misma área sembrada hoy: más subvención, más gasto, más contaminación.


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