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Boliviano condenado a muerte: "Si no salgo con vida quiero, que mi caso sirva de ejemplo para que otros jóvenes, no pasen por lo mismo"

hace 1 año(s)

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Desde el otro lado del mundo, en una cárcel de Malasia, Víctor Parada Vargas no sólo se siente aislado en un mar de desconocidos que ni siquiera hablan español, sino que cada vez que despierta su celda le recuerda que está en el bloque de los condenados a muerte.

Así ha pasado los últimos meses el ciudadano boliviano que en enero de este año fue sentenciado a morir por traficar droga. Fueron 450 gramos de cocaína, pero si es mucho o poco para las autoridades no importa, allá se considera un delito grave cuya sanción se paga con la vida.

En marzo pasado la encargada de negocios de la Embajada de Bolivia en Japón, Ángela Ayllón, llegó hasta la cárcel de Kajang, en la ciudad Kuala Lumpur, para visitar al compatriota, cerciorarse de cómo se encuentra y para abrir canales de comunicación con  las autoridades malayas.

A las 11:00 del 5 de marzo los guardias de la prisión abrieron las puertas de su celda para que entre la funcionaria, su compatriota, la única que hablaba su mismo idioma. “Él no esperaba esta visita. Pensó que eran sus abogados. No pudo esconder la sorpresa y alegría de escuchar que le hablen en español”, cuenta Ayllón en su informe presentado a la Cancillería.

A primera vista  Víctor  está bien física y psicológicamente, pero el pesar lo lleva por dentro. Le traicionaron las lágrimas al confesar a Ayllón que está arrepentido de lo que hizo, más que todo por el sufrimiento que le ha causado a su madre.

El boliviano de 30 años llegó a la cárcel de Kajang el 5 de enero de este año, donde vive en mejores condiciones que antes, pues en el anterior penal pasó de dormir con ratas a compartir habitaciones con más de siete presos.

“Todo olía a orín, la comida era incomible, compartía una pequeña celda con siete personas y soportaba la presencia de varias ratas. Estas condiciones le provocaron infecciones y reacciones epidérmicas    que necesitaron atención médica”.

Pero no acudió al médico sólo por las infecciones. Hace ocho o nueve meses que tuvo un altercado con los guardias de la prisión porque no entendió lo que dijeron en malayo, recibió un golpe en la cabeza que le causó una herida profunda. Le hicieron siete puntos de sutura.

Ahora tiene una celda propia en el bloque de las personas que fueron condenadas a muerte. Allí cuenta con una “caja” para asearse y sale al sol dos horas al día -de 10:00 a 11:00 y de 15:00 a 16:00-. Come tres veces al día: el desayuno consta de té con pan, el almuerzo tiene arroz, verduras y pescado y en la cena le sirven pollo, arroz y verduras.



Pero su aislamiento y falta de comunicación es extrema. Según las leyes locales no puede recibir visitas y contactarse con su familia. Víctor tampoco tenía los medios para obtener artículos de limpieza personal, pero la diplomática boliviana dejó el equivalente a 100 dólares para estos gastos.

Además le dejó una tarjeta para que pueda llamar a sus seres queridos una vez que obtenga la autorización respectiva. Se conoció después que pudo comunicarse con su hermana en España.

El último contacto que tuvo con los abogados de su caso fue en enero, al terminar la audiencia en la que lo condenaron a muerte, después no recibió más visitas de ellos ni de otras autoridades para que lo guíen en el proceso que enfrenta.

Las reglas en el penal de Kajang son estrictas. La encargada de negocios de la embajada boliviana no pudo obtener el permiso para tomar una fotografía a Víctor, pero sí logró tener la autorización “excepcional” de que el detenido escriba una carta a su familia.

No suelta la Biblia de sus manos, la recibió en 2013 de un sacerdote que visitó la primera cárcel en la que estuvo, él y otros presos católicos la recibieron en sus manos y desde entonces Víctor le contó que ora todo el día.

Esa fe es lo que mantiene su esperanza. “Dice que se siente fuerte, esta fuerza la obtiene de la fe en Dios, indica que algunos presos ya perdieron la fe y enloquecieron. No pierde la esperanza de salir”, contó la funcionaria.

No obstante, está consciente de su situación y de la sentencia que recibió. Le dijo a Ayllón que si no sale con vida de la cárcel quiere que su caso sirva de ejemplo para que otros jóvenes bolivianos no pasen por lo mismo.

Víctor recibió a la diplomática boliviana junto con dos presos más que estaban en una habitación. El boliviano estaba esposado y así se mantuvo durante la conversación que duró unos 45 minutos. En ese tiempo, la funcionaria de la embajada de Bolivia en Japón le mostró algunos documentos y recortes de prensa que hablaban de su caso.

“Al terminar nuestra conversación le indiqué que el Gobierno lo acompañará hasta el final del proceso, cual fuese las decisiones de las cortes malayas”, informó la diplomática en el documento enviado a Cancillería.

Víctor  escribió unas cuantas líneas a su familia. “Le doy gracias a Dios por todo lo que está haciendo por mí, por mi familia, por los bolivianos. Oro de día y de noche para que me perdone y me dé la libertad”, escribió Víctor en una hoja y se la dio a Ayllón. Pese a su fortaleza, no logra conciliar el sueño, por eso  pidió permiso para tomar somníferos.///


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