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Opinión

El orgullo de ser masista
Por: Emilio Rodas Panique *

LAS OPINIONES EXPRESADAS POR LOS COLABORADORES SON PROPIAS Y NO LA OPINIÓN DE KANDIRE
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La primera derrota política del fascismo en Bolivia liberó las fuerzas que hasta 1978 habían estado centradas en la recuperación democrática. Casi en simultáneo con el desbarajuste inicial de Banzer, Pereda, Padilla y Guevara, Natusch y Lidia Gueiler, emergieron las variables ideológicas de los que hasta ese momento habían levantado una única bandera. En la fragilidad inicial de la recuperación de los derechos democráticos y creyendo que el fascismo estaba enterrado, cada una de las fuerzas veía en sus anteriores aliados al nuevo enemigo a vencer. 

 

Estas corrientes estaban constituidas principalmente por tres grandes variables: un  decadente pero aún determinante nacionalismo revolucionario (con por lo menos cuatro variables influyentes), las expresiones marxistas con alta incidencia en el campo sindical, y una emergente y cada vez más nítida corriente identitaria indígena originaria. Los primeros trataban de reconstruir su hegemonía política previa a los 18 años de dictaduras fascistas militares; de hecho, los cuatro primeros presidentes civiles entre el caos inicial y la recuperación definitiva de la democracia fueron de estas corrientes; la izquierda marxista, según la variable, oscilaba entre su adhesión a procesos electorales y diferentes variables de lucha armada; al final, los intentos subversivos fueron poco efectivos y su incidencia electoral fue marginal, a no ser por aquellas variables que claudicaron en lo ideológico y se internaron al mundo neoliberal emergente. Por otro lado y como respuesta histórica al nacionalismo revolucionario y al marxismo, se consolidaba en el campo un nuevo sentimiento de identidad que pretendía construir respuestas desde lo autóctono a cualquier proyecto occidental europeo, sean éstas de izquierda o de derecha.

 

El Estado del 52 terminó enterrado en su versión nacionalista revolucionaria; las siglas subsistieron acogiéndose como estandarte de la implementación del nuevo modelo; en lo popular se concretó la disputa entre dos visiones cada vez más nítidas: por un lado, las corrientes marxistas que abanderaban la lucha de clases como determinante central de la transformación y por tanto negaban el valor histórico de la identidad; y en contraposición, varias corrientes políticas de corte indigenista que a partir de reivindicar la identidad cultural como eje de la lucha social, no estaban muy interesadas en la versión marxista de la lucha de clases por considerarla tan colonial como el capitalismo, dado su origen europeo. 

 

Esta disputa se mantuvo latente durante toda la década de los ochenta, impidiendo consolidar un frente común para enfrentar al nuevo y poderoso enemigo. Los distintos intentos que se dieron desde el 79 terminaron siempre relativizados y en fracaso; dos hechos determinaron un cambio de ruta: primero, la caída del bloque socialista europeo, la pérdida del paradigma implicó un cambio de dirección en el análisis y la apertura a entender lo que estaba pasando en el campo; segundo, la aprobación de la Ley INRA, el movimiento indígena, originario campesino entiende que el neoliberalismo había dado la vuelta de tuerca para lograr mercantilizar la tierra y el territorio. Este es el momento crítico que se convierte en fundacional, es el preludio del 95; el Congreso en el John Pictor Blanco es el  reconocimiento de la fuerza propia, el entender que sólo podríamos enfrentar nuestro destino si combatíamos juntos. Es cierto que aún el neoliberalismo gozaba de buena salud y había que recorrer un largo camino para fundir la acumulación histórica, pero se había dado un paso trascendental en la construcción de la Asamblea para la Soberanía de los Pueblos. Este es un momento determinante de la historia de la lucha social y nuestro instrumento tiene el orgullo de haber sido catalizador de ese debate y luego conductor del ascenso que produjo esta condensación. 

 

El neoliberalismo no tenía perspectivas, la crisis terminal generaba en contrapartida la acumulación de frustración social que hacía trizas la exigua legitimidad de un modelo y sus expresiones políticas; esto no era exclusivo de nuestro país. El neoliberalismo no tiene posibilidades de éxito porque se basa en la enajenación de la riqueza social y la exportación del excedente; en países tan necesitados de recursos para financiar el desarrollo y la justicia social, ¿qué resultados puede tener un modelo de este tipo? Sin embargo, a diferencia de nuestros vecinos, la opción popular —en la medida que la crisis se acentuaba— se fortalecía en presencia política en tres dimensiones: capacidad de contención en el debate político, capacidad de movilización social y capacidad de construcción de proyecto alternativo al modelo decadente.

 

En la gestión pseudodemocrática de Banzer —que había disfrutado de las vacas gordas en el período dictatorial y dejado una herencia funesta para la recuperación democrática— comienza a convulsionar el modelo, lo demás era cuestión de tiempo.  Goni y su fundamentalismo neoliberal acentuaron la crisis, profundizando la dependencia a medida que la crisis se hacía insostenible; los partidos modélicos perdían toda posibilidad de control; los últimos gobiernos neoliberales, como el que encabezara el ahora virgen de la política, Carlos Mesa, simplemente levantaron las manos ante la incapacidad de poder implementar medidas estructurales para cambiar el estado de situación; el tránsito hacia un nuevo ciclo político con fuerte incidencia popular fue inevitable para bien del pueblo y la nación. 



 

Organizaciones sociales

 

El riesgo que presagiaban muchos y que en los países vecinos produjo grave daño, el vacío de poder, en nuestro caso no se dio; la acumulación política había producido un alto nivel de legitimidad en las calles y en las urnas; al mismo tiempo, el profundo y constante debate político en las organizaciones sociales había definido una ruta crítica en lo político y económico, dos medidas estructurales: Asamblea Constituyente y nacionalización. La primera, para refundar el Estado y superar la República fallida con su modelo sepulturero, el neoliberalismo, con todo su sesgo de exclusión y privilegios de clase y origen que habían reproducido hasta lo inimaginable la desigualdad y la injusticia; la segunda, para capturar el excedente, que en un país sumido en la pobreza extrema seguía fluyendo hacia los grandes capitales financieros transnacionales; precisábamos tener dominio sobre nuestra riqueza para  financiar el desarrollo y la justicia social. Estos dos grandes elementos, estructurados en un programa revolucionario, sumados a la legitimidad política, permitieron generar un escenario de transición que en el desplazamiento del viejo Estado y sus expresiones no produjo la inestabilidad y vacío de poder con sus consecuencias en la economía y la tranquilidad social. 

 

Este sin duda es un aporte con nombre propio en la historia política de nuestra patria, y ese nombre es MAS-IPSP como catalizador de la construcción de un nuevo Estado desde la base social. 

 

Pese a que en todos los casos los grupos conservadores de derecha, como expresión política de una élite apátrida, han sido los causantes de todas las desgracias que nuestro pueblo ha padecido, éstos se muestran ante el imaginario social como la expresión de la eficiencia y experiencia en la administración del Estado, estigmatizando a la izquierda como ineficiente e inoperante a la hora de gobernar. Así, habían condenado al nuevo proceso en 2006 a otro fracaso histórico, mucho más cuando el MAS no venía de experiencias gubernativas anteriores. “No va a aguantar seis meses el indio”, decían, pero no sólo aguantó los seis meses, sino que antes de cumplir este plazo ya había convocado y constituido la Asamblea Constituyente y nacionalizado los hidrocarburos, antes de cumplir el año de gobierno Bolivia terminaba con superávit fiscal, se había reorientado y multiplicado la inversión pública, se destinaron recursos para transferencias directas a grupos vulnerables, se comenzaron a multiplicar nuestras reservas internacionales, se sentaron las bases de un modelo económico que en base a responsabilidad fiscal, redistribución de la riqueza, potenciamiento del mercado interno y agresividad en la inversión pública, ha logrado multiplicar los indicadores favorablemente en cualquiera de los frentes. El indio no sólo se quedó los seis meses pronosticados por los alumnos de Harvard, sino que lidera la etapa más prolífica del desarrollo en toda la historia de Bolivia, orgullo de su pueblo y admiración indisimulable en el concierto internacional. 

 

El MAS lidera en Bolivia la revolución más profunda de su historia, no existe ningún escenario en que estos 13 años de revolución no haya impactado; los números que ésta refleja en todos los indicadores dejan en vergüenza histórica a los viejos caudillos de la República decadente. Haber recibido un país de rodillas y levantarlo orgulloso y seguro de su destino, sumado al sentido histórico, el rol en la construcción y consolidación  de un nuevo tiempo para nuestro pueblo. Hay miles de razones para sentirse orgulloso de ser masista.

 

* Viceministro de Empleo, Servicio Civil y Cooperativas  



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